Érase una vez una solitaria piedra encima de un barranco donde no solía haber nadie. La piedra se conmovía con la mera visión del mar que estaba a sus pies, tranquilo muchas veces, cantándole cuando iba y venía, mientras se chocaba con los riscos que la cercaban.
Cuando el mar se agitaba, podía comprobar que los cuentos que ésta le traía, podían significar mucho más de lo que cada gotita que le contaba enn cuanto llegaba a posarse sobre ella.
La piedra solía estar muchas veces esperando a que llegara una tormenta, porque veía cómo las turbulentas aguas querían escapar de su confinamiento, pero los peñascos que siempre estaban alerta, nunca les dejaban irse, aunque había siempre dos o tres que llegaban a fugarse. También veía cómo los rayos, aquellos extraños latigazos que caían sobre el mar, se quejaban en cuando tocaban una encrespada ola que no sabía hacia dónde ir.
Aquello llenaba su pequeño corazón pétreo con una rara sensación de alivio y furia.
Solía quedarse mirando las nubes que se iban tiñendo de colores ambarinos o rojizos cuando el sol se arropaba con el mar. Siempre se despertaba cuando el sol daba, con su primer rayo de luz, en los riscos donde él estaba asentado. No quería que alguien le quitara el placer de poder disfrutar de una mañana clara y nueva.
Si llovía en la mañana, se lavaba con gran esmero. Aunque viviera por encima del mar, le era difícil encontrar el agua con el que pudiera asearse. Había épocas en las que era más fácil tomarse un baño, e incluso modificar un poco su postura. Estuvo un año sin poder mirar al mar por culpa de un pequeño torrente que le había arrastrado hacia la grieta de la roca que estaba dormitando debajo de ella. Gracias a la erosión producida por el agua, esta oquedad se fue desgastando, y ahora ella podía contemplar, justo a sus pies, el gran mar que constantemente le acariciaba desde abajo.
Cuando la piedra nació, no era más que el fruto de una colisión entre el mar y las rocas que antes poblaban la cima del barranco. Supuso que su madre era la roca que se encontraba cerca de ella, porque se parecía mucho en el color y en la textura. Esto lo había sacado en conclusión mucho tiempo después de que hubiera nacido, ya que le era increíblemente difícil recordar de dónde había salido, y aparte de ello, había presenciado unos cuantos nacimientos de piedras que se habían encontrado cerca suyo y que ahora eran parte de la arena del lecho del mar.
A veces dirigía su mirada al cielo y podía observar cómo las nubes se volvían lúgubres y oscurecían el firmamento con su gran voluminosidad, y a veces se congregaban en torno a un punto concreto del cielo y llamaban a las demás nubes: los nimbos, los cúmulos, los cirros... y todas ellas se ponían de acuerdo en llorar a la vez.
Dicen que si llueve mientras hace sol, es que el mundo está llorando por la pérdida de un alma inocente.
En toda su vida sólo había presenciado ese fenómeno una vez.
Una joven venía, hace mucho tiempo atrás, para contemplar el mar desde el barranco. Solía venir con un vestido blanco, sedoso, y ella se sentaba justo encima de la piedra, dejando que sus piernas colgaran en dirección al barranco, y dejaba que el afable viento le peinara su larga cabellera mientras el mar le hacía cosquillas en los pies.
Se pasaba horas y horas contemplando la paciencia del mar, llenándose de la ternura del aire salino que la recubría sin piedad por todo el cuerpo, sin importarle la pequeña barrera que le ofrecía el vestido, olvidándose de que su piel nívea se fuera oscureciendo gracias a que el sol también la bañara con su tesón.
Estaba en silencio, y lo único que hablaba de ella era su pelo, que siseaba para contestar a las preguntas que la brisa le hacía. Y sus brazos, frágiles como tallos de una flor, se agarraban tan fuertemente a la piedra que parecía una pequeña planta que necesitaba desafiarse a sí misma para probarse su fuerza, su aguante, lejos de toda apariencia tan naïve que pudiera dar.
Y siempre venía al anochecer, inundándose de rojiza luz que teñía su vestido de nívea seda transparente, que daba las gracias a la brisa por dejarla volar cuanto quisiera. Fijaba sus ojos, inocentes y claros como el agua, en aquel sol que festejaba su ida con una explosión de colores que incluso tenía la capacidad de vestir al mar con su elegante forma de pintar.
Y sus ojos miraban la danza del mar y del sol mientras uno quería irse a dormir y el otro deseaba arroparlo.
Su piel se erizaba en cuanto el astro rey parecía tocar el agua, y entonces los colores brillaban con más intensidad para después apagarse en tristes malvas, azules y violetas. Ella sentía en su corazón la tristeza de aquella muerte que se repetía día tras día. El cielo comenzaba a llorar. Al principio tan solo veía una estrella en el firmamento, pero a medida que los malvas y los violetas desaparecían, el llanto se iba haciendo más desolador, y las pequeñas estrellas caían sobre el cielo formando grandes charcos de puntitos brillantes.
Independientes cada una, sin juntarse nunca, como dejando ver que cada una de ellas refleja un dolor tan intenso y tan diferente de las otras que jamás podrá ser una con las demás.
Y ella entendía el cielo, las estrellas, el mar y las olas...
Leía en ellos y nunca acababa la página hasta que la noche era cerrada y entonces se levantaba de nuevo, su pelo ondulando diciéndole adiós a la brisa que pedía que se quedara mucho más tiempo.
Y venía cada atardecer, para juntarse con el agua a discutir cosas que solo veían sus ojos y que sus mudos labios contaban con su silencio. Y miraba al horizonte, como queriendo que la vieja mar, la celosa, la misteriosa y arrebatadora mar le llevara consigo hacia lugares que solo ella y la mar sabían.
Sus ojos no eran tan solo un reflejo de su alma, eran su alma entera.
Si estaba feliz, sentía que cada ola que rompía bajo sus pies y que cada reflejo brillante en el mar eran cristalitos de colores que llenaban su mundo de alegría, mientras que si la melancolía se apoderaba de su mirada, el mar en sí se volvía pesado y tímido, y el cielo dejaba de ser colorido para volverse triste.
A veces, cuando se sentía triste, el cielo le hacía un guiño travieso mientras que el mar le dejaba ver algunos de sus tesoros escondidos, como los diminutos delfines que ella veía sentada en el barranco y que jugaban y saltaban con gracia para sacar una sonrisa que pudiera aliviarle el dolor.
Siempre era ella silenciosa, y venía sola.
Un día ella vino con un joven. Eran de la misma edad, pero él tenía sus manos y sus músculos curtidos por el trabajo y ello le hacía parecer más mayor. La brisa y el mar, el cielo y las olas creían que por fin podrían escuchar la voz de la joven, aunque fuera gracias a la ayuda de un extraño.
Pero ellos parecían entenderse entre sí, y no hacía falta que se dirigieran la palabra porque leían en la mente del otro. Se conocían tan bien que parecían tan solo una persona.
Él se sentaba a su lado, y agarraba su mano fuertemente. Y el viento intentó arrancar su mano de la mano de la joven, pero ellos lo que hacían era estrecharlas más fuerte. Y el mar quería arrancar un grito de furia de su boca, para que ella lo rechazara, pero lo que hacía era dejarles que se unieran más y más.
Y ambos tenían esa mirada delicada en los ojos. Ambos leían y comprendían a la vez el significado de la naturaleza, y los dos sabían que no tenían que decirse nada porque la palabra era la fuente de los malentendidos. Por eso sabían perfectamente lo que pensaba el otro, porque eran tan solo un alma que era demasiado grande para un solo cuerpo.
El viento lo comprendió entonces. Y dejó de molestarles. En vez de intentar separarlos, lo que hacía era jugar con los dos, dejando que los rizos de ese nuevo ser que tenía dos cuerpos diferentes fundidos entre sí por su alma idéntica hasta no diferenciarse el uno del otro como el oro que se compone de distintas pepitas que se mezclan y se unen en una sola joya.
Lo que veía uno, lo veía el otro. Lo que sentía el uno, lo sentía el otro.
El mar pudo comprobar que en la mirada de ambos se había quedado impresa su figura, la figura abstracta del mar. Vio que los ojos de esos dos seres reinaba la paz. Cuando se miraban, era como si miraran al mar, arrojando todo ese torrente de deseos silenciosos y de pensamientos íntimos que tan solo éste podía descifrar, solo que esta vez, todos aquellos secretos inconclusos y escondidos eran compartidos con otra persona que a su vez, compartía con él sus más profundos deseos.
El magnánimo sol hacía incansable su trabajo. Miraba hacia aquel peñasco, un barranco en donde se desarrollaba una frenética historia silenciosa y tranquila. Y tan solo hacía lo que debía hacer día tras día.
Y las gotas de agua salada que salpicaba el mar cuando rompían sus olas sobre las rocas les susurraban historias a sus pies, haciendo cosquillas a los dos jóvenes.
Cuando se hacía de noche, se levantaban los dos a la vez. Mutuo acuerdo hablado sin palabras que se hacía patente al haber plagado de silenciosas lágrimas la noche. Se iban. Y mar y brisa les decían adiós mientras se alejaban.
Volvían ambos cada día, antes del anochecer. Veían la explosión de colores del atardecer y se marchaban tras dejar atrás un cálido llanto de tristeza.
Estaban ellos allí, de pie. Y el mar pidió que se sentaran. El viento les dijo que se sentaran. La piedra les invitó a que se sentaran encima de ella. Incluso el sol les bañó con una luz rosada que cubría todo de suave terciopelo rosa, para que se sentaran cómodos.
Ellos seguían de pie. Con el rostro dirigiéndose a la mar, y después, lentamente, hacia el cielo. Los ojos cerrados, sintiendo cada brizna de viento, cada caricia del sol, cada diminuta gota del mar.
Seguían en pie y con las manos entrelazadas. El vestido de ella ondeaba al viento, y su pelo pareció acariciarlo suavemente. La camisa de él también ondeaba furiosamente, haciéndole daño en la piel, pero sus músculos parecían impasibles, inamovibles por el viento.
Abrieron los ojos a la par, y el mar que había en ellos se desbordó. Y las lágrimas que se derramaban, caían raudas al mar, como gotas saladas que buscaban a sus afines.
Dieron un paso adelante, más allá de la piedra donde todo había comenzado, y el sol tiñó de naranja el cielo.
Saborearon un poco más el tacto rugoso de la roca del barranco, dejando que las terminaciones nerviosas les mandaran punzadas de dolor a través de sus carnes.
Y de repente, hubo un silencio universal.
Saltaron.
Se entregaron al cielo, al sol y a la mar. Sus manos fuertemente entrelazadas. Sus labios fuertemente sellados. Sus músculos tensos. Y sus ojos tristes.
El mar les recibió suavemente. El sol tiñó la tarde de rojo. El viento susurraba incrédulo intentando acariciar sus cabellos. Y el cielo lloró.
El rojizo sol miraba impasible, mientras que el cielo, despejado, lloraba sin cesar. Era una lluvia de sangre, cálida y silenciosa, y el mar acariciaba los restos inertes de aquellos dos seres, mientras que su alma, el alma de ambos, se hacía uno y subía por fin al cielo de donde pertenecían.
~Fin










